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FIDMARSEILLE 2018

Crítica: Summerhouse

por 

- El realizador croata Damir Cucic narra extraños encuentros en un hotel desierto, protagonizados por un ciego que graba testimonios de violencia

Crítica: Summerhouse

"Podemos teorizar todo lo que queramos, pero yo confío en mi intuición". Un personaje muy singular es el eje del igualmente insólito Summerhouse [+lee también:
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, segundo largo de ficción del croata Damir Cucic, cineasta que debutó con A Letter to My Father [+lee también:
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y al que le gusta situarse en la vaga frontera entre la ficción y el documental, un género que ha practicado, sobre todo en The Spirits Diary y Mitch-Diary of a Schizophrenic. Prestrenada mundialmente en la competición internacional del 29º FIDMarseille (10-16 de julio), su nuevo trabajo se articula en torno a un ciego que recorre un hotel vasto e impersonal, enclavado en medio del campo y vacío por la temporada de invierno; el resultado es un viaje por las heridas humanas, los traumas sufridos durante la infancia y la adolescencia. 

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"Me gusta llegar de una dirección inesperada". En el bar del hotel, el ciego Vojin, a quien hemos visto hacer largos en una piscina cubierta y vacía, y luego ir a tientas por su cuarto para secarse el pelo y vestirse, conoce a la treintañera Marina. En el enigmático comienzo de la cinta, el dúo se conoce en una comida solitaria, que tiene lugar en el inmenso comedor del hotel, como petrificado bajo sus luces blancas. Una puesta en situación que se concreta a continuación en un cara a cara mucho más íntimo: en la tranquilidad de una habitación, Vojin pregunta a Marina por su infancia y graba la conversación. Poco a poco, emerge una especie de sesión de terapia: la mujer revela por fragmentos, con dificultad y orientada delicadamente por su interlocutor, las circunstancias de una violación sufrida en la adolescencia ("paré de gritar porque sabía que no servía para nada; tenía sangre en los muslos"). Un relato entrecortado (o superpuesto) con secuencias del ciego deambulando por los pasillos del hotel y escenas que muestran a Marina meditando en la sauna o el cuarto de baño (limpiándose, "liberándose") antes de dejar la película y su espacio; la sustituye otro personaje, un hombre que contará, de la misma forma y después de varios curiosos rodeos, cómo un profesor de 30 años le sedujo cuando solo él tenía 13. Y un tercer testimonio cierra el círculo: un anciano relata acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y el exilio voluntario de su familia para trabajar en Alemania, y luego en Lublin, donde fueron transferidos ("nos pusieron a cargo de un bar restaurante, Le Sésame, que pertenecía a judíos de quienes no se sabía nada"), a dos pasos del campo de exterminio de Majdanek, cuya dimensión terrorífica percibía el niño de 10 años que era él entonces en los trozos de pan pisados que intentaba dar a los niños ucranianos deportados que pasaban delante de él; sus recuerdos culminan en la confesión de los tocamientos sexuales a los que le sometió un soldado. 

Muy sofisticada bajo su aparente simplicidad, compuesta por planos fijos muy trabajados y sugerentes ambientes sonoros, Summerhouse ahonda metódica y sutilmente en las dimensiones simbólicas de su decorado y su texto. Curiosa e interesante, la cinta pone en escena de forma muy realista una trama psicoanalítica relativamente sutil sobre la violencia contra la infancia, que podría inscribirse de pleno en el campo del documental, pero que el realizador confunde hasta tal punto que resulta casi imposible precisar las causas y las conclusiones. Una opacidad voluntaria (el personaje principal graba los testimonios para un programa de radio, algo que no se explicita realmente en ningún momento de la película) hábilmente establecida que se traduce no obstante en un ritmo más bien lento que hay que aceptar para dejarse conquistar por el encanto extraño y ascético de esta obra híbrida.

Summerhouse es una producción de Spiritus Movens Production, que también se encarga de la distribución.

(Traducción del francés)

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