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The Captain y la moralidad de los perros

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- SAN SEBASTIÁN 2017: El alemán Robert Schwentke ambienta en la Alemania del final de la II Guerra Mundial una fábula sobre la validez de la justicia cuando ya se ha perdido todo ápice de humanidad

The Captain y la moralidad de los perros
Max Hubacher en The Captain

Pocos habrían pensado que el alemán Robert Schwentke, cuyas últimas películas han sido blockbusters estadounidenses (Red, R.I.P.D. Departamento de Policía Mortal y las dos secuelas de la serie Divergente), podría llegar a colar una película en la lucha por la Concha de Oro del 65° Festival de San Sebastián. Lo cierto es que en su última película, The Captain, el director propone una idea a medio camino entre el cine de masas y el de autor, que, esto es lo que importa, se antoja tan incómoda como brutal. Y además, para helar la sangre aún más, está basada en un caso real.

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En algún lugar de Alemania, en abril del 1945, o dos semanas antes del fin de la guerra, nos encontramos con Willi Herold (Max Hubacher), un soldado de solo 19 años de edad que, lejos de su batallón y de sus deberes militares, vaga por aldeas y caminos robando lo que puede, hasta que se cruza en su camino el uniforme de un capitán. Sin pensarlo dos veces, el joven se lo pone y adopta todo lo que ello conlleva. Herold empieza a hacerse pasar por un capitán del ejército nazi, que, según él, debe liderar una investigación para evaluar la situación del frente alemán por órdenes del mismísimo Hitler. Y al capitán se le unen soldados: un fiel hombre de cierta edad que no se hace muchas preguntas (Milan Peschel) y, tras un encuentro en una posada en donde tenían como rehenes a sus propietarios, a un grupo de desertores (con Frederick Lau a la cabeza).

Herold convierte así a su jauría en un comando, y lo bautiza con su nombre. Liderándolo de forma autoritaria, aprovecha los restos de la Alemania destrozada por la guerra y la desconfianza general hacia los soldados que habían despedazado el país para ejercer su cuestionable justicia. Escondido en su lustroso uniforme, saquea todo lo que encuentra a su paso bajo la insignia de una dudosa moralidad que clama proteger la patria alemana de sus destructores, cuando él mismo es uno de ellos. Su misión llega incluso a llevarlo al poder en el campo de concentración y castigo de desertores, en donde un responsable cegado por la ira (Bernd Hölscher) consigue deshacerse del fiscal de justicia para instaurar su régimen del terror. Herold se convierte en verdugo de una causa inexistente, en la mano asesina de un cuerpo deformado y repugnante, en un perro sarnoso que mata porque está programado para hacerlo.

Esta huida a ninguna parte se retrata en la pantalla en un cuidado blanco y negro, obra de Florian Ballhaus, con una feroz banda sonora con toques electro-industrial de Martin Todsharow. Schwentke, además de demostrar que tiene mano para las escenas de acción y explosiones (el hacer blockbusters también enseña lecciones), es capaz de darle a su premisa la fuerza suficiente para llegar a cimas surrealistas (los tableaux vivants de los excesos erótico-violento-festivos de la jauría) y de crítica social (un fascinante epílogo que, de tan real, se nos vuelve, otra vez, a helar la sangre).

La película, coproducida por Alemania (Filmgalerie 451), Francia (Alfama Films) y Polonia (Opus Film), está vendida al extranjero por Alfama Films.

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