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GIJÓN 2019

Théo Court • Director de Blanco en blanco

"Los cineastas somos como vampiros"

por 

- El director hispano-chileno Théo Court compite ahora en la sección oficial del 57º Festival de Gijón con su subyugante Blanco en blanco, film rodado entre Canarias y Tierra de Fuego

Théo Court  • Director de Blanco en blanco
(© FICX)

Considerado el mejor director de la sección Orizzonti de la última edición del Festival de Venecia, el cineasta hispano-chileno Théo Court recibe a este corresponsal en una de las sedes centrales del 57º Festival Internacional de Cine de Gijón, en cuya sección oficial compite su segundo film, Blanco en blanco [+lee también:
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, coproducción entre España, Chile, Francia y Alemania que también se puede ver estos días en el certamen Márgenes (leer más aquí).

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Cineuropa: ¿El título del film hace referencia tanto a la pureza como al paisaje nevado?
Théo Court:
Un poco todo ello, pero también a la idea de un elemento que tapa a otro, que oculta las huellas del horror y de la memoria histórica, cuando volvemos a escribir sobre la página en blanco constantemente.

¿Fue complicado convencer a los diferentes socios de esta coproducción entre cuatro países?
Sí, porque mi primera película, Ocaso, era mucho más pequeña y con actores no profesionales, por lo cual Blanco en blanco suponía un gran salto: una ficción y, además, de época.

¿Sufristeis muchas dificultades durante el rodaje en Tierra de Fuego?
Fue caro y complicado llegar hasta allí, logísticamente bastante complejo, con poca gente alrededor, pero todo se consiguió a pesar de las temperaturas tan bajas y el paisaje congelado. Por el contrario, la parte última de la película está filmada en el Teide, en Tenerife: eso marca el final, pues es como un espacio lunar, y no entiendes muy bien si es una ensoñación o no. Ese extrañamiento rompe la película al terminar.

Remover el pasado, cosa que haces en tu film, incomoda a alguna gente...
Son fases históricas que hay que revisar y cuestionar constantemente. Porque la Historia la escriben quienes ejercen el poder. Yo no quería caer en el sensacionalismo o en lo vulgar: de ahí que filme desde lejos y en plano secuencia, observando como si fuéramos la cámara.

Precisamente, el formato de la película cambia cuando se mira a través de la cámara del fotógrafo protagonista.
De alguna forma es un artificio un poco directo, pero creo que le viene bien a la hora de llegar rápido a la idea: para entrar directamente en la cámara del fotógrafo, con la ambivalencia de si la cámara es la del cineasta o la del fotógrafo. Así todos terminamos siendo voyeurs.

En el film, ese fotógrafo maquilla la realidad, algo que también puede hacer el cine.
Eso es algo que yo quería que existiera en la película, que tuviera esa ambivalencia: yo también estoy mirando de una forma bastante perversa los acontecimientos y los maquillo de alguna forma. Es el propio cine como mecanismo de representación, de ahí viene la idea de la manipulación de las imágenes, la escenografía de las cosas; y por eso me interesa también mi posición como director: somos como vampiros, absorbemos y dejamos de ver el significado de las cosas por nuestro interés personal. Hay ahí cierto gesto egoísta, hedonista y hasta narcisista. Pero no por eso me deja de gustar el cine: es este asunto algo que quería abordar.

Asimismo aparece en el film la pederastia, camuflada por el arte.
Claro, en la película se ve cómo se embellecen ciertos actos amorales y deleznables, algo que se puede ver hoy día también, con esas chicas de pocos años en fotografías erotizantes, anoréxicas y con revestimiento estético. El personaje protagonista es un pedófilo estético: me basé en Lewis Carroll, quien sentía esa fascinación por las niñas. También me interesaba un tránsito de la luz, de una cierta oscuridad a esa explosión final, mucho más árida y dura, en ese viaje final, donde se desvela todo y no se esconde nada: ahí entonces la película se muestra tal y como es, con las capas de las estructuras sociales.

¿Te gusta etiquetar la película como western?
Sí, es un referente y un género que me gusta mucho, del cual hay mucho en Blanco en blanco: la lucha contra el paisaje, la llegada de un hombre a una sociedad y la transformación de éste. John Ford es mi más clara influencia.

Finalmente, Alfredo Castro es el actor principal y siempre actúa de manera soberbia, como demuestran títulos como El príncipe [+lee también:
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. ¿Desde el comienzo pensaste en él como protagonista?
Llevo siete años intentando hacer la película, y en 2012, cuando tuve la primera versión de guion se la envié a él, a quien ya conocía por un amigo común. Le gustó mucho la idea, la apoyó y desde ahí empecé a construir el personaje para él. Trabaja muy bien con la mirada y el rostro: hay algo enigmático y misterioso en él, y no sabes nunca qué está pensando su personaje. Eso le vino fenomenal a este personaje turbio, seco y contenido.

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