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CANNES 2010 Quincena de los Realizadores

Des filles en noir: la muerte que sueñan los ángeles

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, de Jean-Paul Civeyrac, las jóvenes protagonistas no van de negro en razón de la moda; eso se nota nada más empezar la película. Ellas están de luto por su fe en mitad de un mundo de desempleo, explotación y soledad; ellas están de luto por ellas mismas, atormentadas por la idea de la muerte como respuesta a no tener ya «ganas de nada». Al menos eso afirma Noémie; a pesar de la familia que la rodea, de su don para la música y de su buen rendimiento escolar, no cabe el error: está fríamente (no llora nunca) convencida de querer morir. Ya lo ha intentado y lo volverá a intentar; no esconde sus intenciones ni a su madre, superada por los acontecimientos, ni a sus compañeros. Si en alguna ocasión lo desmiente, no es más que para evitar que alguien le ponga trabas.

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La situación de Priscilla es un poco distinta: ella tiene problemas familiares y escolares más palpables y sufre de una necesidad de atención (se define a sí misma como un «lastre») que ya no le proporciona su novio, al que en un principio dice amar apasionadamente. Ella es la influenciable y la débil (ella sí llora) de la relación de interdependencia con Noémie, frente a frente, con las miradas fijas en la otra, como dos ángeles tristes.

Depresión, desafío, poder de sugestión del deseo de morir, búsqueda del absoluto y del romanticismo en un suicidio de pareja como el que llevó a cabo el escritor alemán Heinrich Von Kleist, disgusto por un mundo de «apariencias» donde solo cabe ser «como ellos», el efecto de la luna, la desesperanza pasajera de una edad en la que se puede cometer una estupidez irreparable, llevados por un impulso, «antes de cambiar de idea» (insiste Priscilla)...: aquí se abre todo el abanico de las motivaciones al suicidio adolescente. La película es, de hecho, fruto de la obsesión del director, que durante diez años recavó artículos sobre el tema del doble suicidio juvenil, siempre de mujeres, lo que le ha valido las felicitaciones del delegado general de la sección, Frédéric Boyer, por su hiperrealismo mezclado con el melodrama hollywoodiense (algo que para Civeyrac, confeso admirador de Minelli, su director favorito, es todo un halago).

Así, les parecen inútiles a las jóvenes las múltiples razones de que se hacen ecos los adultos para no ceder al malestar: del ingenuo «con lo guapa que eres» a la promesa de la abuela de que «siempre hay cosas que valen la pena, pequeña», pasando por el despectivo «quítate ya ese careto de Halloween» del primo o la ironíca «el mundo es un asco, ¿no?» del policía al detenerlas por vandalismo.

Noémie y Priscilla, en efecto, se muestran totalmente indiferentes a las consecuencias de sus actos. A veces, sin embargo, se perciben gestos característicos de alguien que se ata a la vida. Civeyrac, en la rueda de prensa en la Croisette, ha declarado que el deseo de morir de las chicas tiene mucho que ver con «una relación incandescente con la vida». De hecho, surgen dudas: la película sumerge al espectador en la ansiedad de la espera de la fatalidad, y es esa tensión lo más logrado de la cinta.

(Traducción del francés)

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