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CANNES 2012 Semana de la Crítica / Francia

Au galop: un hombre y tres mujeres

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- En su primera película como director, el actor Louis-Do de Lencquesaing se centra en la familia, la catarsis y la confusión de los sentimientos

Au galop: un hombre y tres mujeres

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, calificada por el delegado general de la Semana de la Crítica como una obra en la estela del director y guionista francés François Truffaut, se ha estrenado hoy en competición en dicha sección del festival de Cannes y aunque el parecido es razonable, no ha igualado al maestro de la Nouvelle Vague.

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La ópera prima del actor Louis-Do de Lencquesaing (48 años) propone una búsqueda de identidad a través de acontecimientos (o pruebas) sentimentales. La película se centra en Paul (interpretado por el propio director en la misma línea que su actuación en El padre de mis hijos), un escritor que antes trabajó como ejecutivo y que ahora vive, divorciado y desilusionado, solo con su hija (Alice de Lencquesaing). Hay dos posibles interpretaciones de la historia: que se trata de una novela que va tomando forma bajo la atenta mirada del espectador (eso es lo que nos sugieren las escenas con voz en off), o bien, que se trata del autorretrato de un hombre al que le cuesta definirse y comunicar sus emociones. Una vez planteadas estas hipótesis (que la película dejará hábilmente sin responder), se muestra el argumento de lo que podríamos llamar “la vida” con los clásicos temas del amor, la fidelidad, la muerte, los recuerdos, lo racional y lo irracional, las relaciones familiares, lo que se dice y lo que no, etc. La historia se plantea, no obstante, con una sencillez y una ausencia de intención moralista que mantienen el encanto de una historia en la que no hay grandes sorpresas.

Junto a Paul encontramos tres generaciones de mujeres: la de su hija Camille, que sale de la adolescencia y descubre el amor y la independencia; la de Ada (la excelente actriz italiana Valentina Cervi), que se sumerge en una aventura extra matrimonial con el escritor, y la de Mina (Marthe Keller), la aburguesada madre del novelista, que no levanta cabeza desde la muerte de su marido. La catarsis que ofrece el duelo entre Paul y su hermano François (un espectacular Xavier Beauvois) atraviesa como un rayo el relato. Como señala uno de los protagonistas: "desvariamos un poco en ese momento, pero se trata de algo pasajero". Los sollozos de una risa nerviosa, el resurgir de lo inconsciente a través de los sueños en los que vuelve a aparecer el difunto en la unidad familiar, se estrechan en la banalidad de los momentos difíciles. La película intenta crear puentes entre la muerte y el renacimiento, entre el peso del pasado y sus cicatrices (evocación del fin del mundo de El jardín de los cerezos, de Chéjov) y el carácter indomable e incomprensible del corazón que late igual que en nuestra infancia inacabada. Un corazón frágil que hace frente a todo y unos personajes un poco desorientados en un universo afectivo demasiado amplio para ellos, lo que podría servir de metáfora a una película desigual, a veces torpe (demasiadas coincidencias), pero muy bien interpretada y más sencilla de lo que parece, como la vida misma, en la que la simplicidad no siempre es sinónimo de facilidad.

(Traducción del francés)

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