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BERLINALE 2013 Competición / Alemania, Francia, Países Bajos y Sudáfrica

Layla Fourie, la detectora de mentiras, detectada

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- La película de Pia Marais, que compite por el Oso de Oro en la 63ª Berlinale, bascula entre la verdad y la mentira y el negro y el blanco

Layla Fourie, la detectora de mentiras, detectada

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, presentada a concurso en el 63° festival de cine de Berlín, la sudafricana Pia Marais, que también ha vivido en Suecia y en España y estudió en Ámsterdam, Londres y Berlín, prosigue su camino por el cine viajero protagonizado por personajes aislados. En el caso que nos ocupa, el personaje que da título a su tercer largometraje es una madre soltera encerrada, en complicidad con su hijo adolescente, en el silencio y la mentira.

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Durante la entrevista de trabajo y el detector de mentiras que acompañan los créditos iniciales de la película, Layla (Rayna Campbell), madre soltera negra de Johannesburgo ansiosa por ganarse la vida un poco mejor, demuestra que es lo suficientemente íntegra como para convertirse en una profesional del polígrafo. Layla afirma que entiende que no hay término medio entre la verdad y la mentira y que esta última se presenta siempre como una espiral peligrosa. Así pues, la contratan al instante y la envían a una misión a varios días en coche de Johannesburgo. Dado que el padre del pequeño Kane no quiere ocuparse de él en su ausencia, Layla se ve obligada a llevárselo consigo en su largo periplo. Cuando están a punto de llegar a su destino, la conductora atropella a un animal y a un anciano blanco. Ante los ojos del crío, paralizado por el miedo sobre los dos cuerpos que aún respiran, Layla acaba con la bestia y trata de llevar al hombre, gravemente herido, al hospital. Como está cerrado, intentan dirigirse a la comisaría de policía, donde el contraste de colores de la piel entre la víctima y el verdugo terminan por hacerle desistir. Mientras tanto, el hombre ya ha muerto y Layla acaba decidiendo abandonar su cuerpo en un descampado. 

Una vez en el lugar de destino, Kane merodea a menudo de un lado a otro y trata de escaparse de la vigilancia de su madre, la cual se afana en ayudar a un gran casino en la contratación de varios empleados; entre ellos, un chófer. A esta vacante opta Eugene (interpretado por August Diehl). A pesar de las reticencias de Layla, que se siente en la obligación de atenerse exclusivamente a las relaciones puramente profesionales, el joven hombre blanco la invita a ella y a su hijo a dejarse acompañar en su coche y, luego, quedarse a cenar en casa de su madrastra. Layla se percatará entonces con horror que Eugene y esta llevan un día preocupados por la desaparición repentina de su padre y marido, cuya descripción coincide con la del hombre que atropelló. Layla, que hizo prometer a Kane guardar el secreto de los terribles acontecimientos de la noche anterior, miente en primer lugar por omisión y, posteriormente, cuando las sospechas de Eugene y la aprensión de la policía de que haya un “culpable”, la obligan a faltar a la verdad, traicionando este mismo pacto que hizo con su hijo, lo que la sitúa en una posición moral insostenible y rompe los vínculos crecientes que tenía con Eugene. 

Rápidamente, su probidad natural y sus deberes maternales (no solo respetar el pacto de silencio sino también no arriesgarse a ser vista como una criminal y que la separen de él) abruman a Layla. Gran parte de la película la pasa escrutando las actitudes y la manera en que la verdad aflora en las incómodas sospechas de Eugene primero y de su madrastra después: una amenaza latente que dota de una gran extrañeza a la “amistad” que surge entre ambos. Todo se complica con el evidente contraste entre los colores de sus respectivas epidermis. De hecho, esta división que aún se mantiene en la sociedad sudafricana contemporánea es la respuesta al por qué Layla escoge no confesar nada.

(Traducción del francés)

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