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VISIONS DU RÉEL 2017

Lida: una película epidérmica llena de misterio y misticismo laico

por 

- La directora sueca Anna Eborn compite en el Visions du Réel de Nyon con un retrato a flor de piel de una anciana que parece trascender el espacio y el tiempo

Lida: una película epidérmica llena de misterio y misticismo laico

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, dirigida por Anna Eborny presentada en la competición internacional del festival Visions du Réel de Nyon, esboza el retrato de una anciana de mirada y sonrisa tan enigmáticas como amistosas, como si tras su imponente y vacilante cuerpo de abuela rusa se escondiera una chiquilla maliciosa y secreta. Lida es una superviviente que todavía se mantiene en pie tras una vida de terribles privaciones: las de la Suecia de los años 30 y los campos de trabajo siberianos.

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Hoy, Lida vive en un asilo de un pueblecillo ucraniano en el que encontraron refugio un grupo de ancianos entre los que se encuentra un misterioso amante suyo que no descubriremos hasta el final. ¿Qué llevó a Lida hasta Ucrania? ¿Cómo es que decidió alejarse de todo y de todos sin dar noticias a sus familiares? Lo que desde el principio parece increíblemente antitético, inexplicable e intrigante es el contraste que se crea entre la fuerza vital y el misterio que rodean a Lida y el trágico trasfondo en que se teje su historia: su pasado en Siberia, la sencillez de su vida en Ucrania y el voluntario distanciamiento de la familia en Rusia, en particular, de su hermana, que jamás olvidó, y su hijo Arvid. Las magníficas imágenes de Anna Eborn, que recuerdan en ocasiones a las polaroid del gran Andrey Tarkovski, se tiñen desde los primeros minutos de la película de un color pastel (el rosa, ante todo) que nos cuesta vincular con el relato de Lida, que, con su voz monocorde (en off), nos cuenta sus recuerdos y su pasado. Los colores del film, como los de un maravilloso ocaso, amplifican aún más la singularidad del personaje, transformando su historia en un folleto intemporal y apátrida, enmarañado de recuerdos y misterios. A diferencia de los iconos que recubren las paredes de la casa de su hijo, Lida parece ser una mística laica, imperfecta y, por ello, extremadamente humana. Los contrastes que pueblan la película de Anna Eborn nos llevan a considerar la Historia (con hache mayúscula, sí) bajo otro prisma: un escenario en el que cada uno se exhibe a su manera, unos para complacer a un público cruel, otros, como Lida, con la cabeza alta, libre y desprejuiciada a pesar de las consecuencias, como una fuerza (¿destructora?) que, con todo, la sigue habitando.

Lida navega constantemente entre el sueño y la realidad, entre la verdad histórica y la personal, entre el pasado y el presente, dándonos pistas (colores y gestos) que podemos o no seguir, sensaciones en las que podemos perdernos. A pesar de la multitud de lenguas que cohabitan en la cabeza de la protagonistas (una de las últimas personas que habla un antiguo dialecto sueco, hablado por una colonia de similar origen que data del siglo XVIII), son sus gestos y su mímica (como dice su hijo) lo que la hacen única y desvelan la única verdad que nos permite conocer: gestos como pequeñas piezas de un puzzle cuyo dibujo final ignoramos.

A caballo entre el suspense y la experimentación, Lida acaba por perderse en la infinidad de emociones de un personaje que no estamos preparados para olvidar. Una película fuerte y sublime que rinde homenaje a todos aquellos que, a pesar de todo, eligieron finalmente la libertad.

Lida es una producción de la danesa Adomeit Film y la sueca Momento Film, con el apoyo del Instituto de Cine Sueco y el Instituto de Cine Danés. Las ventas internacionales corren a cargo de la rusa ANT!PODE Sales & Distribution.

(Traducción del italiano)

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