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BERLÍN 2018 Competición

Crítica: Las herederas

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- BERLÍN 2018: El primer largometraje del paraguayo Marcelo Martinessi constituye una discreta epifanía y es fruto de una gran coproducción en la que participaron varios países europeos

Crítica: Las herederas
Ana Brun y Margarita Irún en Las herederas

Fueron necesarios coproductores a ambos lados del Atlántico para sacar adelante el primer largometraje del paraguayo Marcelo Martinessi. El resultado, Las herederas [+lee también:
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ficha del filme
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, presentado a concurso por el Oso de Oro en el Festival de Berlín, es un relato un tanto atrofiado por su dispositivo intrínseco. La cinta presenta, en efecto, un cuadro de la parálisis que recuerda en cierto modo a los Dublineses de Joyce, también por su estilo casi inmóvil, que hace avanzar la narración de manera imperceptible hasta un “paroxismo” minimalista, una epifanía casi invisible que solo podemos adivinar porque no abandonamos en ningún momento al personaje central: una señora anciana y empobrecida que vende todos los bienes de su familia al tiempo que su compañera debe ir a prisión por culpa de las deudas. Por desgracia, el impacto del conjunto adolece de dicha discreción voluntaria.

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Asistimos a varias esclerosis en nuestro seguimiento del recorrido casi mudo de Chela (cuando no habita el silencio de su morada, tan grande como vacía, interrumpido a veces por las voces de los compradores rapaces, es a los demás a los que oímos murmurar a su alrededor), como en los cuadros que escribía Joyce. La primera esclerosis es la de la sociedad paraguaya, representada aquí por personajes similares, esto es, damas ancianas con un rostro que refleja los últimos vestigios de la opulenta vida burguesa de esposas e hijas mantenidas en la que la compañía entre dos mujeres ociosas (al principio del film, cuando Chela no está en su casa pintando mientras que su fiel empleada del hogar vela por el mantenimiento de la casa, Chiquita y ella pasan su tiempo charlando y saliendo a pasear por la ciudad) molesta menos que la idea de que una de las mujeres se ponga a trabajar. En ese contexto, la parálisis de Chela empieza por un imperativo social, totalmente integrado, que hace que ella esconda como un secreto su situación financiera, a la par que sexual y afectiva.

Al mismo tiempo, vemos cómo Chela (Ana Brun), al volante de su viejo Daimler, se convierte a su pesar en conductora personal para toda una comunidad de mamás ricas y arrugadas, cuando ella no tiene ni el permiso de conducir. La cinta invita a pensar en un pasado revoltoso del que no quedan más que los recuerdos y las antigüedades por vender (la herencia a la que hace referencia el título se fundamenta en el pasado y no representa ninguna promesa de cara al futuro), en la belleza que se marchita, en lo que no puede venderse ni, por tanto, comprarse, en las cosas de las que uno hace posesión sin necesidad de dinero, como los sobrenombres, o incluso en lo que se aprende (una noción que aparece brevemente en el discurso del único personaje del film que no atraviesa la tercera edad). Sin embargo, el mutismo de Chela dificulta al espectador desarrollar empatía y conmoverse con la crisis personal y con su "desenlace".

La francesa Luxbox administra las ventas internacionales de Las herederas, en cuya coproducción participaron la alemana Pandora Film Produktion (Colonia), la noruega Norsk Filmproduksjon (Oslo) y la francesa La Fábrica Nocturna (París).

(Traducción del francés)

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