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VENECIA 2018 Fuera de competición

Crítica: Un pueblo y su rey

por 

- VENECIA 2018: Pierre Schoeller firma un fresco apasionante y desigual sobre los primeros años de la Revolución francesa

Crítica: Un pueblo y su rey
Adèle Haenel y Gaspard Ulliel en Un pueblo y su rey

Prestrenada fuera de competición en el 75º Festival de Venecia, Un pueblo y su rey [+lee también:
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, 3er largo de Pierre Schoeller (conocido por Versailles [+lee también:
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) es la culminación de una gran ambición cinematográfica y todo un reto como producción a nivel europeo. Y es que tratar de abordar en toda su amplitud y sus detalles históricos un acontecimiento tan sonado y denso como la Revolución francesa, dotándola además de un perfume épico y novelesco, exige titánicos medios de reconstrucción, para los que el presupuesto final de 16,9 M€, abundante en la escala del Viejo Continente, no es sino una minucia en comparación a lo que debería poder emplearse en la actualidad para resucitar de manera plena la realidad del desenfreno libertario que se apoderó de Francia a finales del siglo XVIII. 

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Al afrontar este desafío, que ha llevado a muchos cineastas del pasado a abordar el tema reduciendo el ángulo de ataque (por ejemplo, Danton, de Wajda), el realizador francés no ha retrocedido ni un paso, exceptuando un estrechamiento del período tratado, que arranca en abril de 1789, tres meses antes de la toma de la Bastilla, y termina con la espectacular muerte de Luis XVI, guillotinado públicamente en una plaza el 21 de enero de 1793. Schoeller propulsa al espectador a través de un auténtico torbellino de episodios decisivos y una profusión de personajes coloridos, desde el nacimiento de la Asamblea nacional y la marcha de las mujeres hambrientas hasta Versalles, que el rey (Laurent Lafitte) se ve obligado a dejar para dirigirse a París, tras firmar la abolición de los privilegios y la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, hasta la huida del soberano derrocado a Varennes, el nacimiento de una monarquía constitucional y todos los turbulentos debates (desbordando sanguinariamente por las calles) que conducirán hasta el voto de la ejecución de Luis XVI. Fantásticas páginas de la historia que Un pueblo y su rey hojea con un apetito voraz, esbozando un riquísimo y apasionante fresco, salpicado de varias escenas memorables, especialmente (aunque no únicamente) las ambientadas en los escaños parlamentarios, donde se enfrentan en incendiarios debates Robespierre (Louis Garrel), Marat (Denis Lavant), Saint-Just (Niels Schneider) y Barnave (Pierre-François Garel), entre otros. 

Lo que falla en esta cinta es la inserción en el relato histórico de los personajes populares inventados por el director y guionista para desempeñar el rol de testigos y actores de la Revolución (un poco en la línea de la novela Ange Pitou, de Alexandre Dumas). El maestro cristalero y su mujer (Olivier Gourmet y Noémie Lvovsky), las lavanderas (Adèle Haenel y Izïa Higelin), la vendedora de arenques (Céline Sallette), el vagabundo (Gaspard Ulliel), etc., son interpretados de forma muy desigual (y además, resultan demasiado presentables).

Un buen número de decisiones audaces del cineasta (canciones interpretadas a capela por los personajes, la ubicuidad de la música, sobre todo al comienzo del film) acaban siendo también contraproducentes, añadiendo una capa lírica que lastra una película ya de por sí desbordante. Estas apuestas arriesgadas son por otra parte una de las características de la cinta en conjunto, desde sus hermosas iluminaciones naturales en claroscuro hasta sus magistrales elipses temporales, y todo ello configura un estilo al que uno tarda tiempo en habituarse, y que algunos encontrarán excesivamente enfático, pero que es, en cierto sentido, una revolución. 

Un pueblo y su rey es una producción de Archipel 35 y una coproducción de France 3 Cinéma, StudioCanal (que se encarga de las ventas internacionales) y la compañía belga Les Films du Fleuve.

(Traducción del francés)

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