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PELÍCULAS Francia

Crítica: Mentes brillantes

por 

- Thomas Lilti firma una comedia fresca e inteligente sobre la selección exhaustiva de los estudios de medicina, a través del retrato de dos amigos

Crítica: Mentes brillantes
Vincent Lacoste y William Lebghil en Mentes brillantes

Entre 2300 y 2500 jóvenes aspirantes, alineados tras sus pupitres como pollos en batería en un amplio hangar en Villepinte, en las afueras de París, escuchan mientras el micro explica las consignas de la prueba (preguntas de opción múltiple a las que hay que responder con rapidez). Su objetivo son las 329 plazas en segundo curso de medicina, ese famoso numerus clausus que el actual gobierno francés tiene intención de revisar. Thomas Lilti dedica su cuarto largometraje, Mentes brillantes [+lee también:
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(Première année), a este proceso de selección extremo centrado en “la capacidad de digerir una gran cantidad de información”. Con esta película cierra una trilogía de comedias sociales contemporáneas sobre el mundo de la medicina, que inició con Hipócrates [+lee también:
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(estrenada en la Semana de la Crítica de Cannes en 2014, que vendió 950.000 entradas en Francia y obtuvo siete nominaciones a los premios César de 2015, incluyendo las categorías de Mejor película, director y guión) y continuó con Un doctor en la campiña [+lee también:
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(1,5 millones de entradas vendidas en Francia y una nominación al Mejor actor en los premios César de 2017).  

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Flashback: inicio del curso universitario en París Descartes. En un anfiteatro abarrotado, Benjamin (William Lebghil) empieza la carrera que ha elegido después del bachillerato para seguir los pasos de su padre cirujano. También se encuentra con Antoine (Vincent Lacoste), que ya lleva dos años en primer curso. El ambiente está cargado: todos están tensos y la selección se anuncia mortal (sin tener en cuenta el bachillerato, las opciones de pasar a segundo curso son del 2 %). Tutorías de los veteranos, simulacros de examen, fichas, cursos de introducción en agosto, colas para obtener buenas plazas en el curso: Benjamín descubre con relativa pasividad un nuevo mundo en el que Antoine está profundamente inmerso (“Cada vez que quieras llorar, te dices que lo metes en un bote y que ya lo abrirás después”). Los dos condiscípulos deciden trabajar juntos, a un ritmo más que intensivo, en un ping-pong verbal a todas horas del día y de la noche, y en todas partes. El plan de ataque: “Aprender a responder automáticamente” y engullir, por ejemplo, 10 años de anales de todas las facultades en 15 días. La asociación funciona de maravilla y con buen humor hasta que en el primer examen de enero (decisivo para el resultado final), Benjamin (132) adelanta a Antoine (218) y su relación cambia por completo… Además de ser una prueba competitiva, digna de Ironman, este sistema de selección es también un reflejo de las desigualdades sociales entre los que tienen los códigos de aprendizaje y los que no.  

Thomas Lilti, dotado de un innegable talento para crear obras populares sobre cuestiones sociales que afectan también a otros países además de Francia, firma una película muy simpática, simple, bien ejecutada, divertida y analítica, apoyándose en una bonita historia de amistad. Una manera de poner sobre la mesa el tema crucial de “poner la sociedad al servicio de la escuela y no a la inversa”.

Mentes brillantes, producida por 31 Juin Films y Les Films du Parc, llega a los cines franceses este miércoles de la mano de Le Pacte, que también gestiona los derechos internacionales.

(Traducción del francés por Carolina Benítez)

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