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COTTBUS 2018

Crítica: Irina

por 

- La primera película de la búlgara Nadejda Koseva es un retrato impresionante sobre una joven de la zona rural que se convierte en madre de alquiler para una pareja de Sofía

Crítica: Irina
Martina Apostolova en Irina

La pantalla está oscura al principio, escuchamos el sonido de un pico golpeando en una mina de carbón, y entonces nos encontramos envueltos en la cálida luz que se filtra en una habitación, donde una mujer duerme plácidamente con su bebe en brazos. Sin embargo, después de esta escena tan tierna, Irina dice que preferiría “no estar viva”. Tras varios cortos premiados, el primer largometraje de la directora búlgara Nadejda Koseva, Irina [+lee también:
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(que recibe el nombre de su heroína; ganadora de dos premios en el Festival de Cine Golden Rose de Bulgaria y en concurso en el Festival de Cottbus, donde su protagonista Martina Apostolova consiguió el premio a mejor actriz), sin duda parece mostrar un grupo familiar unido; pero la vida es dura en el pueblo pobre en el que vive la protagonista, donde las rutinas diarias, la forma de hacer las cosas y de interactuar con los otros parecen estancadas en el tiempo, especialmente durante los meses de invierno. Esta inmutabilidad contiene cierta violencia. Una noche al volver a casa, Irina, a la que su desagradable jefe ha despedido con malicia, descubre a qué se dedican su marido Sasho y su hermana cuando ella no está en casa. Está a punto de perder a su marido cuando, repentinamente, casi al instante, una mina de carbón se derrumba. Sasho sobrevive a este accidente potencialmente mortal, pero pierde las piernas. En cuanto a Irina, después de la explosión, aún debatiéndose entre la ira y la necesidad, se ve obligada a buscar otro modo de ganarse la vida, incluso si eso significa vender su cuerpo de una manera u otra.

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Encuentra la solución en una “oferta de trabajo” de internet, publicada por una pareja adinerada de Sofía que busca una madre de alquiler. Hay algo de furia en el rostro impasible y los labios fruncidos de Irina, pero hace de tripas corazón y establece contacto hostil con el universo desconocido del matrimonio rico, lo que conduce a un intercambio frío que parece resumirse en sobres llenos de billetes que el hombre le entrega mientras la acompaña a la parada de autobús (al ver que rechaza que la lleve a casa). Es un contacto tan gélido como el puente y la carretera que separan Sofía del pueblo de Irina. Estos aíslan y unen los dos lugares, puesto que es esta polarización entre ambos (chocan y se encuentran de forma extraña, totalmente, como si hubiera un magnetismo entre ellos) la que vemos evolucionar a lo largo de la película sin abandonar nunca el punto de vista de Irina, experimentando así toda una variedad de emociones que a veces contiene con firmeza y otras libera brutalmente. Todo ello cobra vida con pasión y ambigüedad gracias a la actriz Martina Apostolova.

Koseva ofrece una ópera prima bastante conseguida porque, en lugar de decir las cosas, elige tejer una serie de elementos sutilmente dotados de significado: las manos de Irina, las entradas y las salidas o los zapatos (las botas de campo dan paso a tacones rojos y zapatos urbanos). Logra transmitir todo esto gracias a su trabajo como directora: a través de una serie de paralelismos y juegos de reflejos muy bien resueltos (cristales, reflejos en las ventanas, paredes transparentes que actúan como división a la vez que dejan pasar las cosas), Koseva retrata un mosaico de grietas sistémicas y conflictos sociales, los cuales plasma de manera visceral y universal en su exploración de los instintos maternales frustrados de Irina y en su pausado viaje invernal al otro lado, hacia un atisbo de reconciliación.

Irina ha sido producida por la compañía búlgara Art Fest. La compañía parisina Alpha Violet se encarga de las ventas internacionales.

(Traducción por Marina García Gómez)

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