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ZAGREB 2018

Crítica: Never Leave Me

por 

- En su cuarto largo, Aida Begić narra a través de un mosaico cómo se buscan la vida pequeños huérfanos sirios en las calles de una ciudad turca

Crítica: Never Leave Me
Motaz Faez Basha, Ahmad Husrom e Isa Demlakhi en Never Leave Me

La filmografía de Aida Begić parece oscilar suavemente entre Bosnia y Turquía. Tras Snow [+lee también:
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, ambientada en un pueblo bosnio, el film colectivo Do Not Forget Me Istanbul y Children of Sarajevo [+lee también:
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, premio especial del jurado en Cannes 2012, su cuarto largo, Never Leave Me [+lee también:
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, la lleva de nuevo a Turquía, al mundo de jóvenes refugiados sirios que viven en el mismo centro de acogida para huérfanos y hacen novillos para "sobrevivir" (como dice uno de ellos) en las calles, usando el ingenio. La cinta, candidata bosnia al Óscar y premiada recientemente en Cottbus con el premio Dialogue a la comunicación intercultural, ha competido en la sección Together Again del Festival de Zagreb.

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En esta película, se reconoce el sello de Begić: la fotografía cuidada, que con frecuencia se sitúa a la altura de los niños, una cierta forma de moverse por los callejones y esquinas junto a ellos, y las indiscutibles buenas intenciones; al final del film, un título indica que el mosaico de destinos infantiles que hemos visto está inspirado en casos reales, que los pequeños están interpretados por verdaderos refugiados y que la película está dedicada a los cerca de 5 millones de niños, 600.000 de ellos, huérfanos, que figuran entre los exiliados sirios.

El film comienza con el entierro, al final de un camino desierto, de la madre de Isa (14 años), al que vemos ya solo entre los adultos, como si vivieran en dos mundos diferentes. Le seguimos hasta un hogar de acogida, donde le cuidan con ternura dos figuras maternales y conoce a otros niños en situaciones parecidas y vive con ellos (de día, en vez de ir al colegio, y a veces por la noche, fugándose del centro), una vida paralela llena de ingenio en la que cada uno se deja guiar por su conmovedor sueño personal (e individual, pues aquí los niños dejan de ser cifras): comprar una paloma, participar en un concurso de talentos, convencer a su madre de venir a buscarle... A través de estos emotivos momentos, llenos de inocencia e imaginación, somos testigos de su abandono, de la importancia que el dinero ha adquirido en sus vidas, pero también de la vitalidad de estos niños que no son, al fin y al cabo, tan diferentes de los que no están en una situación como esta, cuyo carácter desgarrador subraya al final el llanto desesperado de uno de los chicos.

También observamos desde su perspectiva el abanico de actitudes que adopta frente a ellos un mundo en el que son superfluos, desechables, incluso explotables, en particular en la escena en la que venden pañuelos de forma ilegal, ilustrando también el hecho de que ante el elevado número de casos similares, los locales parecen ajenos a cualquier sentimiento de ternura o compasión. Desgraciadamente, a pesar de que las lágrimas del niño que mencionábamos antes no pueden sino conmover, y a pesar de que sigamos con afecto la historia de este puñado de chicos ingeniosos, su situación no nos impresiona por completo, pues falta un eje central que estructure estos pequeños fragmentos de vida y multiplique su sentido e impacto emocional. Estamos ante un film logrado y bien intencionado que no trata de secuestrar al espectador mediante la lágrima fácil, pero al evitar este escollo, le deja tan impasible como la última imagen, soleada pero fija y vacía, un final que resulta algo decepcionante.

Never Leave Me es una coproducción de Bosnia Herzegovina, Turquía y Serbia en la que han colaborado Beşir Derneği y Film House Sarajevo, que también se encarga de las ventas internacionales.

(Traducción del francés)

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