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RÓTERDAM 2019 Voices

Crítica: Carelia: Internacional con monumento

por 

- Andrés Duque traslada al espectador a una región fronteriza, remota y luminosa, donde conviven lo mitológico, puro, espontáneo y natural, con la crueldad pasada y presente

Crítica: Carelia: Internacional con monumento

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, último largometraje de Andrés Duque, es todo lo contrario a uno de esos propagandísticos programas de viajes que tanta aceptación popular cosechan en las televisiones, aunque trasporte a su público a un lugar poco conocido. El cineasta venezolano, residente en Barcelona desde hace lustros, ha regresado después de su anterior film (Oleg y las raras artes [+lee también:
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) de nuevo a Rusia para rastrear la mitología, la personalidad y el espíritu del territorio remoto y fronterizo (ubicado entre este país y Finlandia), que da título a este nuevo trabajo, presentado en la sección Voices del Festival de Róterdam 2019 tras ser exhibido –durante diciembre y la mitad de enero pasados– en el Palacio del Marqués de Salamanca, en Madrid.

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Duque, en el verano de 2017, se integró en una familia cristiana local, los Pankratev: formada por padre (a quien vemos, en el plano fijo que abre este documental, provisto de una lupa que aplica sobre un libro, en busca del esclarecimiento de hechos históricos: todo un símil de la intención de los minutos que seguirán), madre y cinco rubicundos hijos. A través de lo cotidiano –con sus juegos espontáneos, sus ritos religiosos y sus baños en un lago gigantesco– el cineasta transporta al espectador no sólo a un lugar físico fascinante, recorrido por corrientes energéticas contrapuestas, sino también a un estado mental casi mágico que indaga sobre el pasado y cuestiona cómo éste es, demasiadas veces, manipulado por las dictaduras políticas.

Con un acompañamiento musical que incluye piezas de Jean Sibelius, Claude Debussy y Eliane Radigue, entre otros compositores, del sonido de persistentes insectos (que invocan tanto a la tierra fértil como a la que acoge el genocidio y las fosas comunes) y la manipulación en montaje de imágenes puntuales, la sensación de extrañamiento, misterio y fantasmagoría va in crescendo según pasan los minutos de un largometraje que documenta su mirada al pasado con fotografías y algún discurso estalinista. Y donde un bosque, convertido en memorial popular, en el que se puede leer un cartel que reza “Nos os matéis unos a otros”, con retratos de asesinados clavados en los troncos de sus esbeltos árboles, resulta tan subyugante y bello a la vez que triste y escalofriante: “Los pájaros no vuelan allí. Sólo hay silencio”, se oye decir.

La parte final del film la ocupa una charla con Katerina Klodt, hija del investigador e historiador Yuri Dmitriev, que, ante la cámara de Duque, muestra su preocupación ante el futuro de su padre, detenido por el gobierno de Putin con graves acusaciones tras haber descubierto fosas comunes que cuestionan la historia oficial. Así, la Carelia a la que Duque ha transportado al espectador se completa con sus claroscuros, su tristeza y, a la vez, su hermosa luz: un paisaje virgen, puro e impoluto, surcado por un gigantesco barco que no consigue alterar su prístina esencia, donde el pasado siempre, en contra de cualquier decisión política represora, siempre estará presente.

Carelia es una producción de Andrés Duque (quien se ocupa de las ventas del film), realizada a partir de la beca Multiverso a la creación en videoarte 2017 de la Fundación BBVA.

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