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PELÍCULAS / CRÍTICAS

Crítica: C’è tempo

por 

- Walter Veltroni habla de buenos sentimientos y esperanza a través de la historia de un investigador de arcoiris y un niño cinéfilo, rindiendo homenaje a Truffaut y Bertolucci

Crítica: C’è tempo
Giovanni Fuoco y Stefano Fresi en C’è tempo

Una Nostalgia del presente  —como el poema de Jorge Luis Borges— y de viejas películas que conquistaron nuestro corazón para siempre. Una máquina colectiva de producir recuerdos. Con su primera película de ficción después de varios documentales, Walter Veltroni es un amante del cine. C'è tempo [+lee también:
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ficha del filme
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—producida por Palomar y Vision Distribution (que también distribuye la película en Italia el jueves 7 de marzo), en coproducción con la compañía francesa Pathé (que gestiona los derechos internacionales)— se centra en la juventud, como ya hizo Veltroni en su documental de 2015, I bambini sanno, donde los niños hablaban de crecer y conocer el mundo, a sí mismos y a otros. Esta película también se dirige a esos niños y a sus  familias, y está llena de candidez, esperanza y buenos sentimientos. Estos elementos son “revolucionarios hoy en día”, dice el director de 63 años, antiguo líder del Partido Comunista italiano, vice primer ministro y ministro de Cultura en los años 90, famoso por su amor al cine.

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Los protagonistas de C’è tempo son dos hermanos. Stefano (Stefano Fresi) es un hombre de 40 años, con síndrome de Peter Pan, que tiene dos trabajos poco convencionales: investigador de arcoíris y guardián de los espejos que reflejan el sol sobre Viganella, un pequeño pueblo de 207 habitantes en el valle de Piamonte que permanece en penumbra durante varios meses al año (hecho real). Está atravesando una crisis de pareja debido a la escasez de dinero cuando surge una nueva oportunidad. Su padre, al que nunca ha conocido, y su actual esposa acaban de morir. Su hijo de 13 años, Giovanni (Giovanni Fuoco), se ha quedado huérfano. En su testamento, piden a Stefano que se haga cargo de su medio hermano a cambio de 100.000 €. Ambos se encuentran en Roma y emprenden un viaje (tanto físico como emocional) en el Volkswagen escarabajo de Stefano por una Italia idílica de carreteras secundarias y hermosos paisajes. El hermano mayor, gran fan de Roma y nostálgico de los años 80, ha visto todas las películas de François Truffaut.

La película, escrita por Doriana Leondeff —una excelente guionista que debería haber hecho un guión un poco más elegante—, representa un viaje por la memoria del director e incluye varias citas de películas antiguas. Más de 50 en total, ha admitido el propio Veltroni. Desde el Fulgor Cinema de Rímini, donde Fellini acudía de niño, a la pistola de lunares blancos y rojos de Dillinger ha muerto, de Marco Ferreri, o la bata de Sofía Loren en Una jornada particular, de Ettore Scola. Pero sobre todo, la película homenajea a Truffaut y a Bernardo Bertolucci, con secuencias de Los 400 golpes, una visita al set de rodaje de 1900 y a la escena en que Sterling Hayden enseña al pequeño Olmo Dalcò a ser un orgulloso granjero. Veltroni se esfuerza en establecer un vínculo entre los personajes de Olmo, Antoine Doinel y su protagonista, Giovanni, hasta el punto de trasladar a sus personajes a París al final de la película, donde hace un cameo el propio Jean-Pierre Léaud. Sin embargo, el gran número de homenajes y “agradecimientos”, como los describe el director, impiden que la película asuma su propia identidad, por lo que encuentra su propio camino durante el proceso.

(Traducción del italiano)

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