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SAN SEBASTIÁN 2019 Competición

Crítica: Patrick

por 

- Lo inenarrable es el punto de partida de la película tan obtusa como sugerente de Gonçalo Waddington, sobre un niño secuestrado que vuelve a casa años después

Crítica: Patrick
Hugo Fernandes en Patrick

¿Cómo mostrar en una película lo que apenas se puede comprender sin haberlo vivido antes en las propias carnes? ¿Y a qué asirse cuando los posibles narradores en primera persona de tales asuntos apenas existen? Una situación que ha sucedido tan pocas veces, como es la vuelta a casa de una persona ya adulta (o casi) años después de ser secuestrada durante su infancia, es lo que se imagina el actor y dramaturgo ahora también director Gonçalo Waddington en su ópera prima, Patrick [+lee también:
tráiler
entrevista: Alba Baptista
entrevista: Gonçalo Waddington
ficha de la película
]
. Una película con modales de salto mortal, con un punto de partida ya de por sí divisivo, que compite por la Concha de Oro en el 67° Festival de San Sebastián.

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El cineasta portugués introduce al espectador directamente en el momento anterior a que el joven Patrick (un Hugo Fernandes con casi toda la presión de la narración a sus espaldas) llegue al segundo punto de inflexión de su vida, que volará por los aires otra vez más todo lo que había vivido anteriormente. Tras una espiral de soledad, relaciones sexuales nocivas (tanto con hombres como con mujeres), actos vandálicos y fiestas descontroladas en su hogar en París, Patrick no hace más que clamar a la policía, y cuando por fin lleguen a él, entenderán (un poco) quién está detrás de esa cara joven aún con acné adolescente. Patrick es en realidad Mário, desaparecido hace años en un pueblo de una zona rural portuguesa a una familia quebrada desde entonces.

Con la decisión de la policía francesa, en colaboración con la portuguesa, el joven Mário es repatriado y devuelto a su familia. Lo recibe su madre (Teresa Sobral), una mujer que ya no es la misma desde tantos años de duelo por un hijo desaparecido… que tampoco es la misma persona que antes. Entre el hijo y la madre se desenvuelve una extrañada relación de culpabilidades, dudas y, sobre todo, silencio. La primera conversación real entre ambos gira en torno a las flores que la madre aprendió a cultivar (“porque ellas no se marchaban”). Más allá, vuelven para conocerlo su tía (Carla Maciel) y su prima (Alba Baptista), con la que tiene la primera conversación significativa sobre su interior, suponen otra posible vía de contacto con el pasado. Por último, el padre (Adriano Carvalho), prácticamente fuera del centro familiar, sirve como catalizador del dolor de Mário en una de las escenas más claramente expresivas de la película. Fuera de campo, un tal Mark, al que el joven llama por teléfono de manera compulsiva sin poder tampoco entablar una conversación con él. Mário se ve enfrentado a decidir si retomar o no una identidad propia original, aunque ya no sea la suya tras todos estos años sobre los que no se nos cuenta casi nada.

Waddington decide dejar sin decir todo lo que puede generarse en las atormentadas mentes de los protagonistas, y propone al espectador pensarlo por sí mismo. Esta arriesgada elección convierte a Patrick en una sugerente obra, potente y desconcertante, cuyo ritmo sin embargo adolece consecuentemente de una cierta morosidad que puede acabar con muchas paciencias. Sin detenerse en florituras estilísticas, con un acercamiento cinematográfico algo aséptico y una música orquestal al más puro estilo Alberto Iglesias, responsabilidad de Bruno Pernadas, Patrick acaba resultando un interesante ejercicio sobre lo inenarrable, y sobre cómo las personas pueden (o no) sobreponerse a ello.

Patrick es una coproducción entre Portugal (O Som e a Fúria) y Alemania (Augenschein Filmproduktion), que vende al extranjero la también teutona The Match Factory.

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