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BERLINALE 2020 Forum

Crítica: Petit Samedi

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- BERLINALE 2020: Desde un doble punto de vista sobre la adicción, Paloma Sermon Daï ofrece una sensible película sobre el amor maternofilial y las segundas oportunidades

Crítica: Petit Samedi

El primer largometraje documental de Paloma Sermon Daï, Petit Samedi [+lee también:
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, proyectado en el Forum de la 70ª Berlinale, es al mismo tiempo una película familiar y de autor, que sumerge al espectador en la relación compleja y desgarradora entre una madre maltratada por la vida y su hijo de 43 años que lucha contra sus adicciones.

El Petit Samedi del título es Damien, el menor de los hermanos Samedi, de 43 años. Damien vive en Scalyn, un pequeño pueblo a orillas del río Mosa. Vive cerca de su madre, muy cerca. Los une una relación muy intensa, llena de amor, bondad y solidaridad. Damien vela por su madre y su madre, Ysma, vela por él. 

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Pues Damien no está bien. Desde hace 20 años, vive preso de sus adicciones y su toxicomanía. Aunque nunca se ha relajado, sus sucesivas curas de desintoxicación no han dado sus frutos, y 20 años más tarde, sigue luchando por reinsertarse en la sociedad y sobrevivir un día más.

Ysma siempre ha apoyado a Damien. Quizás si ella no hubiese llorado tanto durante su embarazo… Quizás si lo hubiese dejado abandonar el nido… Quizás estaría mejor. Quizás no estaría allí.

En Petit Samedi, Paloma Sermon Daï filma a su hermano y a su madre, y dibuja el retrato de un dúo inquebrantable, lleno de amor filial y maternal. Elige abordar la cuestión de la adicción y la aflicción desde el prisma de esta historia de amor entre una madre y su hijo.

Madre e hijo son los héroes de este trozo de vida, grabado con pudor e intimidad. Al principio, la cámara está situada en la periferia de sus encuentros, en el interior de la casa, pero en el exterior de la habitación, para romper el hielo y engatusar poco a poco a los dos protagonistas.

A lo largo de la película, se va acercando cada vez más y termina por captar a ambos en fulgurantes planos fijos, con Damien en el gabinete de su terapeuta, hablando sobre las causas y las consecuencias profundas de su adicción. Por su parte, Ysma hace un sorprendente monólogo donde se imagina como concursante de un juego de la radio. Si Ysma es la narradora, Damien guarda las palabras para presentarse poco a poco.

La película empieza con una escena de baile desenfrenado, jóvenes que se pierden en la noche. Quizás demasiado. En una de esas noches de locura, Damien se pierde. Un error, una vez, una mala elección, que todavía lo persigue 20 años más tarde. Hay una melancolía bella y desgarradora en esa nostalgia de la infancia, del momento anterior, del paraíso perdido. Sin embargo, comprendemos en pocas palabras y desde el principio, que ya se han sembrado las semillas del drama. Y que sin Ysma, Damien se hubiese quedado allí.

Si bien la película se desarrolla principalmente en la casa de Ysma, en la mesa de la cocina, los personajes evolucionan uno junto al otro en un pequeño pueblo donde se aburren, donde todos se conocen, para lo bueno y para lo malo. La cineasta ancla la película al territorio, contextualizando así la juventud de Damien y su desherencia.

Paloma Sermon Daï divide la mirada sobre la adicción, desde el punto de vista del adicto y de su madre, para construir una película sensible sobre la toxicomanía, el amor filial y maternal, y las segundas, terceras o cuartas oportunidades.

Petit Samedi ha sido producida por Sébastien Andres y Alice Lemaire para Michigan Films, y coproducida por Wallonie Image Production y Dérives. La sociedad griega Heretic Outreach gestiona las ventas internacionales.

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(Traducción del francés)

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