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TORONTO 2021 Platform

Crítica: Earwig

por 

- Lucile Hadzihalilovic firma una críptica y cautivadora obra, un subyugante cuadro de una maestra de otro mundo que abre las puertas de otras dimensiones

Crítica: Earwig
Romane Hemelaers en Earwig

“Soy un viajero, un extranjero en esta ciudad. Vivo lejos de aquí, en la sombra de una gran catedral. Nos hemos visto antes, seguro…” Al igual que el misterioso desconocido, inquisidor e inoportuno, con quien se cruza el protagonista de su nueva película, Earwig [+lee también:
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, estrenada en la sección Platform del 46º Festival de Toronto (y que continuará su recorrido en el 69º Festival de San Sebastián), la directora francesa Lucile Hadzihalilovic nos transporta una vez más a su universo enigmático, atormentado y fascinante del que sólo ella conoce todos sus secretos.  

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Después de Innocence y Evolution [+lee también:
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(estrenadas en San Sebastián en 2004 y 2015), libera su talento oculto en lengua inglesa y despliega su cautivador dominio de las atmósferas extrañas en un trabajo de orfebrería en los decorados (de los interiores desnudos y agobiantes con persianas completamente cerradas de Julia Irribarria), la fotografía (claroscuros melancólicos barnizados por Jonathan Ricquebourg), la música (Augustin Viard y Warren Ellis) y el sonido (tic tac casi omnipresente del reloj, campanas sonando a lo lejos, crujidos del parquet, respiraciones y degluciones, cristal que canta, etc.). Se trata de un lenguaje cinematográfico plenamente proteiforme que privilegia el enfoque sensorial de la directora, que empieza por la oreja que abre la película en primer plano.

La cineasta crea una obra hipnótica de primer nivel, preservando el suspenso con una trama críptica (guion de Lucile Hadzihalilovic y Geoff Cox basado en la novela homónima de Brian Catling), asegurándose de no aclarar nunca los pros y los contras, la parte de realidad o de pesadilla, y dejando que se filtren indicios con cuentagotas a través de dos historias que se entrecruzan en temporalidades ligeramente equilibradas.

¿De qué se trata exactamente? Deja que cada uno se forme una opinión sobre el neurasténico Albert (Paul Hilton) que se ocupa de Mia (Romane Hemelaers), una niña de diez años a la que todos los días le coloca unos dientes de cristal con la ayuda de un aparato extravagante que parece una mordaza con pequeños frascos. Una actividad muy rara (combinada con comidas silenciosas y noches donde los dos habitantes se espían por turnos) que no será explicada más allá de las llamadas telefónicas minimalistas de un “maestro” que recopila noticias de Mia, y de Albert disfrutando de prepararla para el mundo exterior y para un futuro viaje. Una apertura hacia el mundo exterior donde el dúo se cruzará con Celeste (Romola Garai) y Laurence (Alex Lawther), dos personajes con los que Albert tuvo un encuentro dramático en el pasado… 

Añade algunas pistas elípticas (“¿Sobre el campo de batalla, quizás? ¿O antes, en el orfanato? No, quizás después de la guerra, cuando tenías esposa”) y sólo tendrás una vaga idea de la naturaleza opaca (siempre intrigante) de Earwig, que recuerda a Spider, de David Cronenberg. Pero comprender la película de forma racional e intentar interpretarla no tiene, en el fondo, mucha importancia, pues el arte de Lucile Hadzihalilovic es perceptivo. Y sus seguidores se dejarán hechizar fácilmente por el caos de esta película-caleidoscopio oscuro y refinado.  

Earwig ha sido producida por la compañía británica Anti-Worlds, la francesa Petit Film, y coproducida por la belga Frakas Productions. Wild Bunch International gestiona las ventas internacionales.

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(Traducción del francés)

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