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SAN SEBASTIÁN 2021 New Directors

Crítica: La roya

por 

- En su segunda película, el colombiano Juan Sebastián Mesa cambia la ciudad por la montaña para brindar un relato que consigue ser universal fijándose en las peculiaridades de un lugar único

Crítica: La roya
Juan Daniel Ortiz en La roya

Hace cinco años el director colombiano Juan Sebastián Mesa sorprendía con una primera película sólida como una roca y ágil como un pájaro. Los nadie, que se llevó el premio principal en la Semana Internacional de la Crítica de Venecia en 2016, era el retrato de un grupo de jóvenes atosigados por la inmensidad de la ciudad de Medellín, tan vibrante como violenta. En La roya [+lee también:
tráiler
ficha de la película
]
, presentada en la sección New Directors del 69° Festival de San Sebastián, el escenario es el opuesto, un pueblo remoto perdido en las montañas de Antioquia. El lugar comparte protagonismo con Jorge (excelente Juan Daniel Ortiz), un joven que saca adelante el cafetal heredado de sus padres mientras cuida de su abuelo, un hombre postrado en una cama cuya lucidez se apaga lenta e irremediablemente.

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Desde el primer segundo, la cámara de Mesa captura con atención y maestría la belleza del impresionante paisaje en el que la vida del protagonista se desarrolla. Jorge es uno de los pocos chavales de su edad que decidió quedarse en su tierra y no dejarse seducir por el brillo de las luces de la ciudad. Allí su existencia transcurre monótona, entregado a un trabajo sacrificado que nunca se ve justamente recompensado y distraído con el carnal romance que mantiene con su prima. Llegan las fiestas del pueblo, y los viejos amigos que decidieron dejar el campo atrás vuelven para reunirse y celebrar a lo grande. El encuentro con las personas de su pasado, entre las que se incluyen su novia de adolescencia, despiertan en él una serie de turbulencias que amenazan su estabilidad, le hacen replantearse su lugar en el mundo y resucitan fantasmas que nunca habían muerto del todo.

Al igual que pasaba en su debut con la gran ciudad y los chavales que la habitan, aquí la montaña y su solitario morador se conjugan para convertirse en dos expresiones de lo mismo. La exuberancia y la belleza del paisaje se acopla a la perfección con la fuerza y la sensibilidad del chico, una presencia portentosa que transforma la tierra para sacar su fruto, pero que también la observa con atención y respeto para intentar entenderla y, de paso, conseguir descubrirse a sí mismo.

La fotografía de David Correa Franco, ya presente en el anterior trabajo de Mesa, captura con maestría y delicadeza la asombrosa fuerza natural del entorno. Un trabajo de edición tan delicado como agudo hace el resto para que la película fluya de forma orgánica, permitiendo que el espectador se deje llevar por un cauce en apariencia tranquilo, pero plagado de turbulentos remolinos que amenazan con arrastrarnos hacia la oscuridad más profunda.

A pesar de lo amenazante de las sombras que acechan en los márgenes, no es esta una película que cargue las tintas sobre lo dramático o lo potencialmente violento. Muy al contrario, el talento de Mesa se las ingenia para hacer de una historia situada en un lugar concreto y muy particular, con un protagonista poco común, un relato universal y luminoso que cuenta la que podría ser la historia de millones de jóvenes en diversos rincones del planeta. Una lucha entre la tradición y la modernidad, entre un progreso que no brinda los frutos prometidos y un pasado que se resiste a desembarazarse de las cadenas que le impiden dar a luz a un mundo nuevo, capaz de reconciliar a estas dos fuerzas antagónicas. La película es, en definitiva, un segundo paso en firme que acerca al cineasta colombiano a una cima que se divisa elevada y llena de frutos nutritivos, que seguro resistirán hasta la plaga más agresiva.

La roya es una coproducción entre la colombiana Monociclo Cine y la francesa Dublin Films.

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